¡Ahora eres amigo de Andy Warhol! Por qué el arte pop sigue siendo importante en el capitalismo digital

El arte pop ha robado los medios de producción industrial. Pero el capitalismo contraatacó con la digitalización y convirtió el trabajo en una zona creativa. Sin embargo, por qué la estrategia del arte pop podría ser relevante ─ precisamente ahora más que nunca.

Antes el pop era salvaje y rebelde en el arte. El surgimiento de elementos cotidianos de consumo y de entretenimiento confundía a los ciudadanos, asustaba a los críticos y entusiasmaba a una generación joven. El pop estableció sus propias reglas a través de personajes y países muy diferentes, desde Richard Hamilton hasta Martin Kippenberg, pasando por Andy Warhol. El pop cambió el sistema exigiendo que reinventara la creatividad, el arte y los artistas en la era de la industrialización. Para lograrlo, el arte pop conquistó la industria y se apropió de sus estrategias. La estética contemplativa del arte fue reemplazada por la excitación total. Se impuso la belleza de las formas industriales de colores chillones y motivos de los medios de comunicación. Se copiaban los trabajos en serie. Se combatía el prototipo de genio solitario y melancólico que dominaba el arte, con un entorno jaranero que además se distribuía a través de su producción para que la obra fuera confusa. Con la estruendosa celebración de la superficialidad personal, la usual contemplación del arte de valores tan sublimes como el origen, el ideal o la esencia se lleva hasta la histeria.

En el arte pop, el “placer” era también una crítica: “Siempre estaba ahí la sociedad, el Estado (¡la pequeña burguesía!), erigiendo sus bastiones, sus barricadas, y, generación tras generación, los marginados de Bohemia se ponían a derribar lo que había que derribar: costumbres auditivas, tabúes sexuales, normas sociales, hábitos visuales, limitaciones espirituales, corazas de la personalidad”, escribe el teórico pop alemán Diedrich Diederichsen en su libro Sexbeat. Solo que este proyecto funcionó bastante bien mientras pudo dividir el mundo entre seriedad y entretenimiento, entre una zona seria y contemplativa en la que se conservaran los valores tradicionales, y otra superficial y entretenida en la que lo importante era la diversión.

Durante el siglo pasado, gran parte del panorama cultural obedecía a esta división, pues por entonces el mundo aún estaba lleno de normas que había que cumplir. La seriedad y la diversión, el trabajo y la libertad, el teatro y el cine, la literatura y los superventas, los clásicos y la lista de éxitos, el arte y la cultura de masas: el mundo parecía comportarse de una manera ordenada y bien educada. Y justamente allí el pop no funcionaba, el pop hizo saltar por los aires estas barreras, las derribó, robando masivamente. Se apropió de motivos de la cultura de masas y los inyectó en el arte. Usurpó métodos de producción en serie y múltiples. El producto se homenajeaba en el arte. Así se ponía la industrialización patas arriba y, para ello, se utilizaba una figura, compleja y abstracta, una cualidad que en una parte pertenece al mundo y confiere una dinámica crítica al trasladarla a la otra parte. Dócil y obedientemente, sin elaborar sus propias intenciones, eso era un ejemplo de las normas que se enseñaban a los obreros de la cadena de montaje. Pues las intenciones solo caían a los pies y se enredaban feamente en el proceso. Si este momento de falta de intencionalidad se le quitara al capataz delante de sus narices y se impusiera en el arte contemporáneo, se le robarían las reglas de producción al capitalismo, se confundiría tanto el mundo laboral que se descubrirían las reglas de las exigencias estéticas dominantes, la norma del arte.

El pop, visto como una crítica al capitalismo, era increíblemente efectivo, ya que se podían poner de manifiesto las distorsiones del orden social existente. Así fue con la moda, la música, el cine o el diseño, además del arte, o con todo al mismo tiempo, como en el caso de Warhol; y para esta mezcolanza, Warhol tomó prestadas formas de la cultura juvenil, e incluso se hizo con su cuadrilla. Ésta era el entorno de la factoría, la que en realidad fue la primera en convertirle en una superestrella: here comes our leader (aquí viene nuestro líder). Con ella, Warhol creó su propio público, un público que no se le quedaba mirando fijamente con extrañeza, como hacía la masa con la estrella. No, en la factoría, la superestrella Andy Warhol se rodeaba de sus amigos, con los que vivía y trabajaba, los primeros “prosumidores” por así decirlo, casi como los actuales amigos de Facebook, algo que a Warhol seguramente le hubiera encantado.

La generación de un público propio, del fenómeno fan, es, efectivamente, un aspecto interesante de la cultura pop. Mientras que en el capitalismo clásico el productor no tiene ningún tipo de relación con el consumidor, en la cultura pop es diferente. En el pop, el público, el fenómeno fan, es casi un producto, y el entorno de Warhol desempeña una función muy significativa en su papel de artista. Indicaba que se vivía en la parte buena del capitalismo, que se vivía la vida real en la falsedad ─ no en vano, éste es el motivo por el cual Warhol recolectó una abundante cosecha tras otra de retoños marginados y deshonrados por el capitalismo a ambos lados de su camino, desde Edie Segwick hasta Brigid Berlin. El pop se fue convirtiendo cada vez más en arte, era una alternativa de vida que se oponía precisamente a las exigencias capitalistas de la sociedad competitiva, apropiándose del capitalismo mediante la fábrica. Esto funcionó durante un tiempo. Pero, de repente, cambió la producción. Dicho en otras palabras: las relaciones se digitalizaron.

Cambio de escena: del pop a la producción

Dejemos el arte pop y a Andy Warhol, vamos a centrarnos en todo lo que ha sucedido desde la industrialización de los tiempos del arte pop en el ámbito de la producción, aquello que siempre fue un punto de referencia esencial para el arte pop. En efecto, ahora todo es diferente. La aparición de ordenadores asequibles y la conexión a Internet ha llevado a la gente a celebrar un medio de producción que ha desmontado las relaciones del capitalismo. Esto se debe no solo a que con el ordenador se puede trabajar, trastear y jugar al mismo tiempo, de manera que, desde una perspectiva técnicamente productiva, el trabajo y el tiempo libre coinciden en un solo lugar, sino también porque la interconexión ha provocado que todo el mundo tenga la posibilidad de crearse un público propio y producir con y para la red personal. Lo que para Warhol todavía era una excepción se convierte ahora en un requisito para todos.

Leandro Quintero, artista y fotógrafo argentino de MySpace, se centra precisamente en este tema. En MySpace creó dos identidades en Internet con Kenneth&Monique (http://profile.myspace.com/129398365), en cuyo contexto se destacan los problemas sociales de la actualidad. Quintero asaltó la restringida página Web 2.0 de MySpace, utilizada especialmente por jóvenes aficionados a la música para conectarse y comunicarse entre ellos, y la llenó por todas partes de fotos hasta que acabó bloqueándose por el ahora interminable tiempo de carga. Se puede ver un batiburrillo de imágenes de la cultura pop; fotografías en las que la petulancia cae en la exageración, imágenes y alusiones a la homosexualidad, pues la heterosexualidad ya no hace ponerse a nadie delante del monitor, el excesivo tiempo libre del mundo personal, el amor desgraciado, fotos de moda colocadas transversalmente junto a las grandes revistas de papel cuché tradicionales, música pop agresivamente descarada y multitud de clichés que tematizan los problemas actuales de la cultura pop.

Por ejemplo, Leandro Quintero puntualiza en este espacio que la fase entre los 13 y los 23 es precisamente el tiempo en el que se prepara al futuro ciudadano del mundo para la globalización contemporánea. Childulthood. Esto significa que, mientras que antes los adolescentes eran considerados vagos, rebeldes, torpes y tímidos, hoy tienen que ser activos y se ven continuamente obligados a transformar su red social y a pensar en sus siguientes prácticas.

“Hace tiempo los adolescentes eran torpes, tímidos y holgazanes, ahora tienes que ser enérgicamente seguro, un creador de redes sociales y el centro de tu propio imperio – ya sea música, tecnologías de la información o abordando los problemas socioeconómicos (…) de la actualidad.

No importa el ámbito en el que te hayas distinguido, tienes que ser un creador de redes sociales – ya desde la adolescencia. Para el pop esto es un éxito insólito: justamente el concepto fundamental de la cultura pop, el grupo de amigos que holgazaneaban juntos y, de repente, se convierten en una empresa, la economía de los fans para los fans, ha salido del pop y se ha propagado por el mundo; solamente la producción a partir de una red se ha convertido en una norma. Desde Linkend-In y Xing hasta Facebook, desde Tuenti y Last.fm, pasando por MySpace, se trata de considerar a tus amigos como tus consumidores.
Sé mi comentario.

La oficina es la fábrica

Y no solo eso: quien se siga sorprendiendo de que desde los años noventa la “creatividad“ se haya convertido en un concepto económico tan importante, encontrará explicación en la implantación del ordenador como nuevo medio de producción. Ahora, el trabajo ya no consiste en hacer maniobras, sino en interpretar la información de manera lógica. Precisamente por eso, el “trabajo creativo” se convierte en el nuevo paradigma del capitalismo que se potencia masivamente en formato digital, es decir, por todas partes. Este proceso sigue abierto, ya que después de la llegada del ordenador a las oficinas y despachos, a los salones y habitaciones de los niños, también se digitaliza todo lo demás, se equipa con un chip y se conecta: el teléfono, la zapatilla de deporte, la nevera y el termómetro: todos se comunican entre ellos e igualan el nivel de la información. Buenos días, Internet de los objetos. Y buenas noches, viejo paradigma del trabajo físico. Precisamente esto tiene consecuencias sorprendentes.

La creatividad ya no tiene ningún valor en ninguna esfera artística a la que esté reservada. La creatividad es el nuevo requisito que debe cumplir el trabajador. Al igual que el arte pop usurpó la serialidad a la producción industrial en su momento, el capitalismo digital se ha vuelto hacia la cultura, por así decirlo, y se ha servido de ella para tomar prestada la creatividad. Llevar el cuerpo a la fábrica resulta irrelevante en un entorno interconectado. La producción en masa ya no se realiza mediante el trabajo físico, sino por medio del trabajo intelectual, el cual mueve las máquinas produciendo información. Si con cada ordenador todos los días actualizamos información, escribimos toneladas de correos electrónicos ─ tras seleccionarlos de entre el montón de correos basura porque, al parecer, los programas informáticos no pueden hacerlo ─, si recibimos ofertas y las comparamos entre sí cuando realizamos la reserva de algún servicio, si actualizamos el inventario, adaptamos lo que hay a los proyectos nuevos y seguimos produciendo, entonces para todo esto se necesita: creatividad. Solo se puede controlar semejante mezcolanza de información siendo creativo. Entre la maleza de la información actual tampoco existe ningún esquema permanente al que se puedan consagrar las cabezas como se hacía con el cuerpo en la cadena de montaje, ya que la información, por naturaleza, no permanece en el mismo estado. Es dinámica, cambia continuamente. El contexto, el siginificado, el contenido ─ todos son parámetros variables. Es imposible calcularlos con exactitud: las gestiones en el puesto de trabajo se han complicado debido al continuo flujo de información. Esto chirría: cada uno tiene que vencer este caos en sus labores. Individualmente. Creativamente. Y bien interconectado.

Atención a la flexibilización

El cambiante puesto de trabajo se reserva otra sorpresa. Como el capitalismo de la producción en masa tenía interés en enseñar siempre lo mismo a toda la plantilla de la fábrica y cada interrupción equivalía a un retraso en la producción, no era especialmente receptivo a la mano de obra nueva. Naturalmente, los trabajadores no cualificados del nivel más bajo se podían sustituir, aunque siempre llegaban a una fábrica, aprendían su funcionamiento y su cultura empresarial, y se quedaban en ella con el conocimiento de la experiencia hasta que la jubilación les retiraba a un chalet adosado. Sin embargo, esta relación de lealtad entre los trabajadores y la fábrica no existía porque a todos les pareciera bonito, sino simple y llanamente porque era efectivo. Para todos. La fábrica disponía de suficientes trabajadores. El trabajador tenía unos ingresos garantizados. Punto.

Ahora es diferente. Hoy es diferente porque el puesto del trabajo intelectual en sí mismo está en continuo cambio – y con él, las exigencias de los trabajadores. El trabajador es eficiente solo cuando puede manejar la situación mediante la creatividad. En caso contrario, ha de ser sustituido por otra persona más apta para dicha situación, del mismo modo que Warhol expulsaba de su factoría a todos aquellos que le aburrían. Proyecto nuevo, superestrella nueva. Actualmente, el funcionamiento de la producción fluctúa de un modo similar, ya que la información por sí misma no es el único bien que se transforma sin cesar, sino que los aparatos que sirven para procesarla también han experimentado continuos cambios en los últimos veinte años. Hoy en día, la experiencia tiene cada vez menos importancia, las exigencias en el trabajo se redefinen tan continuamente que hoy, con tantas medidas de perfeccionamiento, la gente prácticamente ya no consigue trabajar. Esto significa que ahora el trabajo ya no es monótono, sino que se ha vuelto tremendamente dinámico. Esto tiene consecuencias, como por ejemplo la flexibilización drástica del mercado laboral, que han descrito Luc Boltanski y Eve Chiapallo en su libro El nuevo espíritu del capitalismo. Al capitalismo ya no le interesa revestir las relaciones laborales con conceptos como “lealtad“ y de vincular a los trabajadores con la empresa. Al contrario: el capitalismo como el nuestro, que opera con un capital inmaterial, necesita dinamismo, conmutabilidad y posibilidad de elección – además de alguien que se comprometa plenamente con este proyecto.

Por lo tanto, si los requisitos que se exigen al trabajador actual suenan como si se convocara a un excéntrico independiente, individual y creativo del pop art, a uno que identifique su trabajo con un proyecto, que se quiera realizar creativamente en él, que domine todos los formatos multimedia habidos y por haber y que, además, conserve la autodeterminación en su vida, y por eso sea alguien con quien no haya que cumplir compromisos, es por algo. Naturalmente, también tiene que promocionarse como es debido en una red, cómo sino iba a encontrar su calidad el capitalismo. Así se hacía según la cultura pop, proclamando la forma de vida que hasta ahora había sido alternativa como el nuevo papel social pionero, y convirtiendo la diferencia en norma, como tan acertadamente refleja la exposición de arte suiza „Norm der Abweichung“ (“la norma de la diferencia“). Se roba el atractivo principal al contrario. Este método suena a algo conocido.

¡Resistir a la oposición!

Sin embargo, no es malo todo lo que le sucede al arte a causa de la digitalización. Antes se necesitaba un aparato gigantesco para llevar el producto propio a la gente (y dicho aparato requería un capital); Warhol pudo rodar sus películas porque disponía de dinero y sus amigos hacían de protagonistas de manera gratuita. Ahora todo eso es más sencillo, hoy en día el pop puede arrebatarle la masa a la producción en masa gracias a Internet, pues Internet hizo que la cultura pop ganara masivamente nuevos canales de distribución, y con toda seguridad a Warhol le habría encantado Youtube. Gracias a que Internet se puede registrar bien y muy fácilmente, hoy hay lugares abiertos al mundo en los que antes se había asegurado con esfuerzo un pedacito de infraestructura ante el abismo económico, ya sea en el rodaje de películas, estampando y distribuyendo discos y CDs, fabricando e imprimiendo revistas, camisetas y otras prendas, libros, en pocas palabras, todo lo que la cultura pop puede mantener, tener y llevar, es decir, los medios. La oposición salía cara.

Con Internet, el pop saltó a un nuevo terreno de juego que favorecía la autopromoción, pero sobre todo facilitaba la conexión entre personas con ideas afines. Ahora se abre al mundo lo que antes había amenazado con apiñarse escondido en el pequeño nicho del entorno personal. Estas nuevas vías de distribución han transformado el pop de manera decisiva. Antes se trabajaba en nichos, luego llegó la cultura de masas y nos devoró. Por ello, el reproche más vil es el de “agotado”. También se acusó a los Estudios Culturales de no ser más que un manual de instrucciones del capitalismo para que pudiera encontrar los mejores proyectos de la cultura pop y luego adueñarse de ellos. El capitalismo era malo, el pop era la relación lúdica con su consumo, pero, en cierto sentido, también su desafío.

Ahora estos discursos han cesado. Silencio radiofónico, pero seguimos al aparato. La posición de vivir y trabajar fuera del capitalismo o de manera autónoma ha quedado obsoleta, incluso en el arte. La creencia de que el sistema desaparece, o más concretamente, la antigua creencia marxista de que este sistema está destinado a hundirse y de que él mismo crea formas prácticas para que así suceda, uf, magia potagia, ha desaparecido bajo el suelo. Desde los nichos de la izquierda radical hasta los viejos gallinas conservadores han abandonado esta idea, de modo que la superestructura cultural ya no es una zona autónoma que se rige por normas alternativas. Se acabó la autonomía. Warhol se ha convertido en producto.

Pero esto no quiere decir que haya que dar carpetazo a las estrategias en los archivos de la contracultura. Si el pop se presenta mucho menos revolucionario que antes no se debe a que la estrategia del arte pop ya no tenga gancho, sino más bien a que la manera de esbozar el futuro ha cambiado de forma radical. En cuanto a la cuestión del valor actual del pop, el artista berlinés Olaf Nicolai opina que “el pop simbolizó un tipo determinado de relación entre las mercancías durante un tiempo determinado. Pero esta relación no se ha roto. Al contrario. Las relaciones entre las mercancías siguen ahí.

Sin embargo, la perspectiva del arte pop no podría ser más actual que nunca solamente por el producto. De hecho, el pop es una estrategia que pone de manifiesto las contradicciones sin privarse de ellas. Precisamente esto podría ser una posibilidad de afrontar la nueva complejidad del mundo bajo una perspectiva adecuada, pues sigue siendo importante reflejar las diferencias que existen realmente. Esto quiere decir lo siguiente: en la parte del mundo que ha adaptado sus reglas sociales transformando sus normas en una variedad de opciones y su rendimiento en efectividad, el pop sigue siendo una excelente forma de crítica. Por tanto, justamente porque el arte pop nunca fue simplemente lo contrario del capitalismo, se ha quedado como desafío de lo existente. Algo que, con los ojos bien abiertos, presenta las contradicciones que existen en la realidad en la que vivimos, amamos y trabajamos. Y esto sigue siendo necesario.